LO QUE NUNCA SE FUE

Sobre los objetos heredados, las tendencias que regresan y el valor de las cosas que duran.
Siempre me ha llamado la atención cómo ciertas cosas sobreviven a las modas.
Manteles bordados, copas de cristal, cestas de mimbre. Objetos que han permanecido durante décadas exactamente en el mismo lugar, como si hubieran nacido ahí.
Formaban parte del paisaje de la casa. Tan habituales que apenas les prestábamos atención.
Cuando heredé parte de las cosas de mi abuela, no vi tesoros. Vi un mueble lleno de manteles, sábanas, bandejas, figuritas, tazas y objetos que parecían pertenecer a otra época.
Recuerdo especialmente unas copas de cristal tallado. En aquel momento me parecían anticuadas. Estuvieron muy cerca de acabar embaladas y donadas. Por suerte no lo hice.
Hoy son las mismas copas que saco cuando quiero que una mesa se sienta especial.


Junto a ellas conservo una vajilla de porcelana con filo dorado que guardo como oro en paño, un pequeño jarrón traído de Japón, un salero y pimentero de plata, un mantel bordado con sus iniciales y una colección infinita de tapetes de ganchillo hechos por sus propias manos.
Durante años pensé que todas esas cosas pertenecían al pasado.
Ahora las veo por todas partes.
El ganchillo ha vuelto. Los tapices han vuelto. Los bolsos artesanales con las costuras visibles han vuelto. Las joyas de inspiración vintage han vuelto. Incluso las novias recuperan tejidos, encajes y piezas que pertenecieron a generaciones anteriores. Yo misma llevé el vestido de mi madre como segundo vestido el día de mi boda.
De mi otra abuela heredé unos pendientes de oro que hoy encajan con todo lo que está volviendo a tener sentido: las piezas con historia, lo artesanal, lo hecho a mano y con calma.
Tienen esa estética que ahora buscamos en otros lugares y que, sin embargo, siempre ha estado ahí. Muy en la línea de estos de Del Páramo.
No ha cambiado el objeto. Ha cambiado la mirada.
Quizá por eso me gusta tanto observar cómo las cosas se reinventan. No porque vuelvan exactamente iguales, sino porque encuentran una nueva forma de existir.
Un choker que reinterpreta el ganchillo en plata.
Como este de Raxada Project:
Los cinturones inspirados en modelos artesanales que nuestras madres llevaron hace décadas.
Los tapices que regresan a las paredes después de años considerados pasados de moda.

Todo parece encontrar una segunda vida. Y no es solo una cuestión de estética.
Hace poco mi madre estuvo a punto de vender dos tapices que habían pertenecido a sus padres. Hoy me alegro enormemente de que no lo hiciera. Igual que me alegro de haber conservado aquellas copas de cristal.
Porque hay objetos que contienen algo más que su función.
Contienen tiempo.
Quizá por eso seguimos volviendo a ellos.
Existe una teoría que dice que las tendencias regresan aproximadamente cada veinte años. Puede que sea cierto. Pero creo que hay algo más profundo detrás de esa idea.
Volvemos a las cosas que duran.
A las cosas bien hechas.
A los objetos capaces de acompañar varias vidas.
Y quizá ahí reside su verdadero valor. En la posibilidad de utilizar hoy algo que también utilizó alguien antes que nosotros. En seguir poniendo la mesa con una vajilla que ha visto pasar generaciones. En llevar unos pendientes heredados y descubrir que vuelven a ser tendencia.
No por nostalgia.
Sino porque algunas cosas nunca dejan de tener sentido.


